miércoles, 9 de diciembre de 2009

¿Por qué odiamos tanto a Gonzalo León?

Publicado por Luis López-Aliaga en la revista 60Watts.net el 9 de diciembre de 2009:

Alguna vez le dije que era el Gumucio de los pobres y se me anduvo enojando. Era una broma, pero ni tanto. Hay algo que emparenta a Gonzalo León y a Rafael Gumucio, más allá del tartamudeo. El odio, por ejemplo, que despierta el personaje que ellos mismos han construido y se encargan de alimentar con persistencia. Armar un personaje de sí mismo no es tarea fácil. Es desgastante y peligroso, porque así como aviva el groupismo, despierta los odios más inexplicables. Aunque al parecer Gumucio ya lo entendió y ahora, para el bien de todos, se ha instalado cómodamente en el salón versallesco del “hombre de letras”. León, en cambio, persiste.

La reciente publicación de un “Un imbécil leyendo a Nietzsche” parece confirmarlo. Se trata de un libro tridimensional, o de tres libros en uno, donde León aborda, entre otros, el tema de la muerte de una madre, la imposibilidad de la pareja, la farandulización de la historia, el entramado de poder en las esferas literarias.

La tridimensionalidad, sin embargo, no es temática, sino formal. Tiene que ver más con el cómo que con el qué:

1- Fábulas educativas. Aquí prima el concepto, la idea que se quiere exponer con el ropaje de la parodia fabulesca. Pero toda moraleja es odiosa y la parodia insuficiente si la ironía no es tan radical como para desarticular el mensaje, convertirlo en parte risible del circo pobre. Sucede con “La funámbula y el suicida” y “Uno nunca sabe” y sus mensajes respecto a la pareja y en “Los torturadores” y “Al encuentro con la Historia” y su denuncia de las transas post dictadura. Aunque debo decir que a veces pienso que se trata sólo de un problema de incontinencia. León no sabe –o no quiere- detenerse a tiempo, es inseguro y la posibilidad de no ser comprendido lo aterra. Entonces el final explicativo, previsible, edificante.

2- Crónicas leonianas. Acá León se siente cómodo y se nota. Narra despojándose de todo pudor, directo, inmisericorde. No intenta enseñarnos nada, sino contar, contarnos fragmentos de una vida de pequeños fulgores y miserias, una vida como cualquier otra, redimida sin embargo por el detalle narrado y expuesto como en un museo de la memoria. Ahí está “Fragmentos de una madre”, con la madre que muere y nos deja a la deriva, la madre que nos coloca de frente con la imagen de un tiempo absurdo que se acaba, la ausencia que nos convierte en mamones por el resto de nuestras vidas.

En “Mi revolución pingüina” está la infancia, esa etapa horrible indultada por la nostalgia. Lo dice bien “El marica” de Abelardo Castillo o “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco, y también este cuento de Gonzalo León, donde el final feliz sólo acrecienta la sensación de desamparo de un niño regordete y con lentes poto de botella.

3- Cuentos de aliento canónico. Es lo más novedoso y sorprendente del libro, una apuesta mayor, que en “La vida de Carlos Tromben y otros cuentos” gana con holgura, recurriendo, a su modo, al modo de León, a un juego con el tiempo, digamos, cortazariano. “Gordas” y “Calas en el purgatorio” siguen esta línea imaginativa, lúdica, donde los temas y la historia personal se supeditan a una construcción propiamente literaria. No se bloquean, sino que aparecen destilados, sublimados, si se quiere, pero abriendo un amplio campo de interpretación y goce.

Pero más allá de esta disección, siempre existe algo en Gonzalo León que permite, independiente de la intencionalidad y factura del texto, el reconocimiento de un autor. Es el personaje León, es cierto, pero es mucho más que eso también. Es una voz que con sus virtudes y defectos resulta reconocible a primer oído. Y esto es siempre un privilegio y una condena. El privilegio de alcanzar lo que sólo unos pocos autores consiguen, ese espacio de diferenciación que los protege de lo serial, de lo común, de lo ordinario. Y la condena de estar atrapados en sí mismos, de no tener redención ni escapatoria posible, porque encontrar esa voz exige fanatismo, una persistencia y tozudez de las que León ha dado pruebas suficientes. Su falta de medida (y de clemencia) muchas veces nos agrede. Esa es una de las razones por las que odiamos tanto a Gonzalo León. Y ahora –cosa terrible- lo imagino tarareando un vals peruano mientras se come, solo, un ají de gallina en el Victoria: “ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia, odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”. Canta con la boca llena y el ají de gallina le escurre por la comisura del labio.

Es un personaje, la construcción de un personaje. Y el personaje, en el caso de León, es la obra. Algunos lo llaman “vocación de obra” y está bien, a condición de que no se entienda como una planificación, sino como un instinto. Un instinto que se parece mucho al de sobrevivencia.

Odio quiero más que indiferencia. Así construyó León su personaje, su obra. Una obra que es en sí misma una granada de mano contra el “hombre de letras”, esa figura omnisciente, mezcla de intelectual y funcionario público, que se la pasa timbrando y colocando estampillas a lo que es o no adecuado leer y escribir. Defienden como milicos excitados un territorio seguro, pulcro, donde lo espurio es siempre una amenaza. Pero León es Tarado, aquel personaje que entra al salón donde se premia a un escritor importante con un cinturón de dinamita oculto bajo el traje, dispuesto a inmolarse y pasar a la historia.

Recuerdo un texto de Mauricio Jürguensen, el crítico musical de La Tercera, donde habla sobre Los Ángeles Negros. Cuenta cómo la aparición de una banda cebolla, con instrumentación electrónica, causó escozor en la escena musical chilena de los setenta. O más que escozor, omisión, desprecio. Eran muy rascas. Entonces había que hacer rock, en inglés y todo, o en su defecto canciones con contenido social y político. Las cosas cambiaron, claro, cuando Los Ángeles Negros se fueron a México y el éxito les dio la mano. Entonces se pasó a la adulación y el halago destemplado.

Pues bien, yo pienso que Gonzalo León es el ángel negro de la literatura chilena. Mientras otros escriben cuentos pulcramente estructurados, novelas que a punta de poda alcanzan la dudosa perfección del mausoleo, textos que el hombre de letras visa con el consabido aval de alguna transnacional o de algún crítico extranjero, León persiste en pasarse de roscas, en irse al chancho, en cometer errores aberrantes. Irrita con un tartamudeo persistente, con su devoción por las secreciones infectas, la caca y todo tipo de rituales entorno al excusado.

León vive, por ahora, la etapa del desprecio y no le queda otra que someterse al bullyng literario que se perpetra en su contra. Porque el hombre de letras lo odia y nosotros, sus súbditos, también. Aunque León, el personaje, el autor, no es propiamente una víctima, sino un cómplice.

http://60watts.net/2009/11/%c2%bfpor-que-odiamos-tanto-a-gonzalo-leon/

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