Escrito por Luchalibro.cl en diciembre de 2009 y leída en Radio Uno por Juan Carlos Ramírez:
Al principio parece una novela. “Fragmentos de una madre”, “Fuera del tiempo” y “Calas en el purgatorio” parten de una situación terminal. La muerte y la inocente mirada de un niño. Sobretodo el tercero, con ese ambiente irreal de un hospital donde la fantasmagórica anciana repite lo que su hijo le decía “mamá, se da cuenta de que Chile ya no es Chile, sino otro país o una ficción de país, y a esa ficción nosotros, los muy pendejos, llamamos modernidad”. Recién ahí nos damos cuenta de que es una colección de cuentos, donde la muerte deja paso a la infancia. Una niñez patética, con compañeros molestando o padrastros toqueteando a sus sobrinos (y estos confundiendo esa sensación con la seguridad que los padres no dan). Después pasamos hacia el esperpento (”Gordas”) con dos tipas que enseñan los secretos del adelgazamiento aprendidos en Buenos Aires. O esa especie de Benjamin Button que es “La vida de Carlos Tromben y otros cuentos”, donde el protagonista empieza a hacerse niño para escapar de su futuro. También hay un Chile apocalíptico e hiperventilado (”Los torturadores”), predicadores callejeros que no saben pronunciar “primogénito” (”Inigérito”) o artistas que fingen su homosexualidad (”Un artista hétero”) para no ser disciminados Todo a alta velocidad, máximo cinco carillas y pasamos al siguiente relato. Esta corte de los milagros que es efectivamente el Chile bicentenario, llega a una explosión con “Tarado”, donde un par de pobres escritores deciden boicotear un lanzamiento de un afamado escritor. Uno se llama Retrasado y asegura que “la literatura es un malentendido”. El otro era Tarado, que creía que la literatura nacional era una mierda y por eso en cuanto podía comía cada: quería integrarse a la industria cultural. Pero ambos planean hacer estallar el coctel de lanzamiento. Es ahí, con esa reunión del mundillo literario, donde los que se odian se saludan afectuosamente, para pelarse más tarde, donde las críticas son hechas con saña (o sin leerse el libro), donde importa la cantidad de contactos que la emoción que puede provocar un montón de palabras juntas, ahí nos damos cuenta de todo: lo pasamos bien leyendo a Gonzalo León. Y aunque por lo visto en la blogósfera, no es una opinión muy popular: sus textos si tienen algo que decir. Algo raro en esta ciudad letrada llamada Santiago.
martes, 22 de diciembre de 2009
miércoles, 9 de diciembre de 2009
¿Por qué odiamos tanto a Gonzalo León?
Publicado por Luis López-Aliaga en la revista 60Watts.net el 9 de diciembre de 2009:
Alguna vez le dije que era el Gumucio de los pobres y se me anduvo enojando. Era una broma, pero ni tanto. Hay algo que emparenta a Gonzalo León y a Rafael Gumucio, más allá del tartamudeo. El odio, por ejemplo, que despierta el personaje que ellos mismos han construido y se encargan de alimentar con persistencia. Armar un personaje de sí mismo no es tarea fácil. Es desgastante y peligroso, porque así como aviva el groupismo, despierta los odios más inexplicables. Aunque al parecer Gumucio ya lo entendió y ahora, para el bien de todos, se ha instalado cómodamente en el salón versallesco del “hombre de letras”. León, en cambio, persiste.
La reciente publicación de un “Un imbécil leyendo a Nietzsche” parece confirmarlo. Se trata de un libro tridimensional, o de tres libros en uno, donde León aborda, entre otros, el tema de la muerte de una madre, la imposibilidad de la pareja, la farandulización de la historia, el entramado de poder en las esferas literarias.
La tridimensionalidad, sin embargo, no es temática, sino formal. Tiene que ver más con el cómo que con el qué:
1- Fábulas educativas. Aquí prima el concepto, la idea que se quiere exponer con el ropaje de la parodia fabulesca. Pero toda moraleja es odiosa y la parodia insuficiente si la ironía no es tan radical como para desarticular el mensaje, convertirlo en parte risible del circo pobre. Sucede con “La funámbula y el suicida” y “Uno nunca sabe” y sus mensajes respecto a la pareja y en “Los torturadores” y “Al encuentro con la Historia” y su denuncia de las transas post dictadura. Aunque debo decir que a veces pienso que se trata sólo de un problema de incontinencia. León no sabe –o no quiere- detenerse a tiempo, es inseguro y la posibilidad de no ser comprendido lo aterra. Entonces el final explicativo, previsible, edificante.
2- Crónicas leonianas. Acá León se siente cómodo y se nota. Narra despojándose de todo pudor, directo, inmisericorde. No intenta enseñarnos nada, sino contar, contarnos fragmentos de una vida de pequeños fulgores y miserias, una vida como cualquier otra, redimida sin embargo por el detalle narrado y expuesto como en un museo de la memoria. Ahí está “Fragmentos de una madre”, con la madre que muere y nos deja a la deriva, la madre que nos coloca de frente con la imagen de un tiempo absurdo que se acaba, la ausencia que nos convierte en mamones por el resto de nuestras vidas.
En “Mi revolución pingüina” está la infancia, esa etapa horrible indultada por la nostalgia. Lo dice bien “El marica” de Abelardo Castillo o “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco, y también este cuento de Gonzalo León, donde el final feliz sólo acrecienta la sensación de desamparo de un niño regordete y con lentes poto de botella.
3- Cuentos de aliento canónico. Es lo más novedoso y sorprendente del libro, una apuesta mayor, que en “La vida de Carlos Tromben y otros cuentos” gana con holgura, recurriendo, a su modo, al modo de León, a un juego con el tiempo, digamos, cortazariano. “Gordas” y “Calas en el purgatorio” siguen esta línea imaginativa, lúdica, donde los temas y la historia personal se supeditan a una construcción propiamente literaria. No se bloquean, sino que aparecen destilados, sublimados, si se quiere, pero abriendo un amplio campo de interpretación y goce.
Pero más allá de esta disección, siempre existe algo en Gonzalo León que permite, independiente de la intencionalidad y factura del texto, el reconocimiento de un autor. Es el personaje León, es cierto, pero es mucho más que eso también. Es una voz que con sus virtudes y defectos resulta reconocible a primer oído. Y esto es siempre un privilegio y una condena. El privilegio de alcanzar lo que sólo unos pocos autores consiguen, ese espacio de diferenciación que los protege de lo serial, de lo común, de lo ordinario. Y la condena de estar atrapados en sí mismos, de no tener redención ni escapatoria posible, porque encontrar esa voz exige fanatismo, una persistencia y tozudez de las que León ha dado pruebas suficientes. Su falta de medida (y de clemencia) muchas veces nos agrede. Esa es una de las razones por las que odiamos tanto a Gonzalo León. Y ahora –cosa terrible- lo imagino tarareando un vals peruano mientras se come, solo, un ají de gallina en el Victoria: “ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia, odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”. Canta con la boca llena y el ají de gallina le escurre por la comisura del labio.
Es un personaje, la construcción de un personaje. Y el personaje, en el caso de León, es la obra. Algunos lo llaman “vocación de obra” y está bien, a condición de que no se entienda como una planificación, sino como un instinto. Un instinto que se parece mucho al de sobrevivencia.
Odio quiero más que indiferencia. Así construyó León su personaje, su obra. Una obra que es en sí misma una granada de mano contra el “hombre de letras”, esa figura omnisciente, mezcla de intelectual y funcionario público, que se la pasa timbrando y colocando estampillas a lo que es o no adecuado leer y escribir. Defienden como milicos excitados un territorio seguro, pulcro, donde lo espurio es siempre una amenaza. Pero León es Tarado, aquel personaje que entra al salón donde se premia a un escritor importante con un cinturón de dinamita oculto bajo el traje, dispuesto a inmolarse y pasar a la historia.
Recuerdo un texto de Mauricio Jürguensen, el crítico musical de La Tercera, donde habla sobre Los Ángeles Negros. Cuenta cómo la aparición de una banda cebolla, con instrumentación electrónica, causó escozor en la escena musical chilena de los setenta. O más que escozor, omisión, desprecio. Eran muy rascas. Entonces había que hacer rock, en inglés y todo, o en su defecto canciones con contenido social y político. Las cosas cambiaron, claro, cuando Los Ángeles Negros se fueron a México y el éxito les dio la mano. Entonces se pasó a la adulación y el halago destemplado.
Pues bien, yo pienso que Gonzalo León es el ángel negro de la literatura chilena. Mientras otros escriben cuentos pulcramente estructurados, novelas que a punta de poda alcanzan la dudosa perfección del mausoleo, textos que el hombre de letras visa con el consabido aval de alguna transnacional o de algún crítico extranjero, León persiste en pasarse de roscas, en irse al chancho, en cometer errores aberrantes. Irrita con un tartamudeo persistente, con su devoción por las secreciones infectas, la caca y todo tipo de rituales entorno al excusado.
León vive, por ahora, la etapa del desprecio y no le queda otra que someterse al bullyng literario que se perpetra en su contra. Porque el hombre de letras lo odia y nosotros, sus súbditos, también. Aunque León, el personaje, el autor, no es propiamente una víctima, sino un cómplice.
http://60watts.net/2009/11/%c2%bfpor-que-odiamos-tanto-a-gonzalo-leon/
Alguna vez le dije que era el Gumucio de los pobres y se me anduvo enojando. Era una broma, pero ni tanto. Hay algo que emparenta a Gonzalo León y a Rafael Gumucio, más allá del tartamudeo. El odio, por ejemplo, que despierta el personaje que ellos mismos han construido y se encargan de alimentar con persistencia. Armar un personaje de sí mismo no es tarea fácil. Es desgastante y peligroso, porque así como aviva el groupismo, despierta los odios más inexplicables. Aunque al parecer Gumucio ya lo entendió y ahora, para el bien de todos, se ha instalado cómodamente en el salón versallesco del “hombre de letras”. León, en cambio, persiste.
La reciente publicación de un “Un imbécil leyendo a Nietzsche” parece confirmarlo. Se trata de un libro tridimensional, o de tres libros en uno, donde León aborda, entre otros, el tema de la muerte de una madre, la imposibilidad de la pareja, la farandulización de la historia, el entramado de poder en las esferas literarias.
La tridimensionalidad, sin embargo, no es temática, sino formal. Tiene que ver más con el cómo que con el qué:
1- Fábulas educativas. Aquí prima el concepto, la idea que se quiere exponer con el ropaje de la parodia fabulesca. Pero toda moraleja es odiosa y la parodia insuficiente si la ironía no es tan radical como para desarticular el mensaje, convertirlo en parte risible del circo pobre. Sucede con “La funámbula y el suicida” y “Uno nunca sabe” y sus mensajes respecto a la pareja y en “Los torturadores” y “Al encuentro con la Historia” y su denuncia de las transas post dictadura. Aunque debo decir que a veces pienso que se trata sólo de un problema de incontinencia. León no sabe –o no quiere- detenerse a tiempo, es inseguro y la posibilidad de no ser comprendido lo aterra. Entonces el final explicativo, previsible, edificante.
2- Crónicas leonianas. Acá León se siente cómodo y se nota. Narra despojándose de todo pudor, directo, inmisericorde. No intenta enseñarnos nada, sino contar, contarnos fragmentos de una vida de pequeños fulgores y miserias, una vida como cualquier otra, redimida sin embargo por el detalle narrado y expuesto como en un museo de la memoria. Ahí está “Fragmentos de una madre”, con la madre que muere y nos deja a la deriva, la madre que nos coloca de frente con la imagen de un tiempo absurdo que se acaba, la ausencia que nos convierte en mamones por el resto de nuestras vidas.
En “Mi revolución pingüina” está la infancia, esa etapa horrible indultada por la nostalgia. Lo dice bien “El marica” de Abelardo Castillo o “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco, y también este cuento de Gonzalo León, donde el final feliz sólo acrecienta la sensación de desamparo de un niño regordete y con lentes poto de botella.
3- Cuentos de aliento canónico. Es lo más novedoso y sorprendente del libro, una apuesta mayor, que en “La vida de Carlos Tromben y otros cuentos” gana con holgura, recurriendo, a su modo, al modo de León, a un juego con el tiempo, digamos, cortazariano. “Gordas” y “Calas en el purgatorio” siguen esta línea imaginativa, lúdica, donde los temas y la historia personal se supeditan a una construcción propiamente literaria. No se bloquean, sino que aparecen destilados, sublimados, si se quiere, pero abriendo un amplio campo de interpretación y goce.
Pero más allá de esta disección, siempre existe algo en Gonzalo León que permite, independiente de la intencionalidad y factura del texto, el reconocimiento de un autor. Es el personaje León, es cierto, pero es mucho más que eso también. Es una voz que con sus virtudes y defectos resulta reconocible a primer oído. Y esto es siempre un privilegio y una condena. El privilegio de alcanzar lo que sólo unos pocos autores consiguen, ese espacio de diferenciación que los protege de lo serial, de lo común, de lo ordinario. Y la condena de estar atrapados en sí mismos, de no tener redención ni escapatoria posible, porque encontrar esa voz exige fanatismo, una persistencia y tozudez de las que León ha dado pruebas suficientes. Su falta de medida (y de clemencia) muchas veces nos agrede. Esa es una de las razones por las que odiamos tanto a Gonzalo León. Y ahora –cosa terrible- lo imagino tarareando un vals peruano mientras se come, solo, un ají de gallina en el Victoria: “ódiame por piedad yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia, odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido”. Canta con la boca llena y el ají de gallina le escurre por la comisura del labio.
Es un personaje, la construcción de un personaje. Y el personaje, en el caso de León, es la obra. Algunos lo llaman “vocación de obra” y está bien, a condición de que no se entienda como una planificación, sino como un instinto. Un instinto que se parece mucho al de sobrevivencia.
Odio quiero más que indiferencia. Así construyó León su personaje, su obra. Una obra que es en sí misma una granada de mano contra el “hombre de letras”, esa figura omnisciente, mezcla de intelectual y funcionario público, que se la pasa timbrando y colocando estampillas a lo que es o no adecuado leer y escribir. Defienden como milicos excitados un territorio seguro, pulcro, donde lo espurio es siempre una amenaza. Pero León es Tarado, aquel personaje que entra al salón donde se premia a un escritor importante con un cinturón de dinamita oculto bajo el traje, dispuesto a inmolarse y pasar a la historia.
Recuerdo un texto de Mauricio Jürguensen, el crítico musical de La Tercera, donde habla sobre Los Ángeles Negros. Cuenta cómo la aparición de una banda cebolla, con instrumentación electrónica, causó escozor en la escena musical chilena de los setenta. O más que escozor, omisión, desprecio. Eran muy rascas. Entonces había que hacer rock, en inglés y todo, o en su defecto canciones con contenido social y político. Las cosas cambiaron, claro, cuando Los Ángeles Negros se fueron a México y el éxito les dio la mano. Entonces se pasó a la adulación y el halago destemplado.
Pues bien, yo pienso que Gonzalo León es el ángel negro de la literatura chilena. Mientras otros escriben cuentos pulcramente estructurados, novelas que a punta de poda alcanzan la dudosa perfección del mausoleo, textos que el hombre de letras visa con el consabido aval de alguna transnacional o de algún crítico extranjero, León persiste en pasarse de roscas, en irse al chancho, en cometer errores aberrantes. Irrita con un tartamudeo persistente, con su devoción por las secreciones infectas, la caca y todo tipo de rituales entorno al excusado.
León vive, por ahora, la etapa del desprecio y no le queda otra que someterse al bullyng literario que se perpetra en su contra. Porque el hombre de letras lo odia y nosotros, sus súbditos, también. Aunque León, el personaje, el autor, no es propiamente una víctima, sino un cómplice.
http://60watts.net/2009/11/%c2%bfpor-que-odiamos-tanto-a-gonzalo-leon/
martes, 8 de diciembre de 2009
Lo hizo otra vez
Escrito por Fernanda Donoso en el diario La Nación el 9 de diciembre de 2009:
“UN IMBÉCIL LEYENDO a Nietzsche” se lee como se leen los libros de Gonzalo León: sabiendo que el tipo nos hará saltar más de una vez del asiento, y los motivos serán de lo más variados: por su falta de pretensiones literarias al uso -jamás quiere escribir “bien”-; por su manera de seguir a Bukowski sin dejarse notar por Bukowski; o por su modo de ir calibrando una bomba a punto de estallar, al final de este conjunto de relatos.
Empieza, León, por la madre, o por su madre, cómo saberlo, y allí hay una declaración generacional, una serie de asuntos pendientes mezclados con el amor, elemental Watson, a la madre, casi un ejercicio de escritura convencional, al lado de lo que vendrá después.
Donde habrá que reírse es en “Un artista hétero”: el tal artista vive en un mundo donde lo gay y lo lesbiano es la norma. Él se impone como el que habla desde su diferencia, desde su heterosexualidad. Le toman el pelo con esto de etéreo y hétero, lo discriminan. “Para los demás, más que pintor era un artista, debido a su inconsistencia”. Fuera del circuito habitual de los expositores de temporada, C era un anticuado que además pintaba a mano (mientras todo el mundo exponía proyectando sus instalaciones audiovisuales sobre los muros). Según los curadores, C habla desde lenguajes en extinción. Cosa que es extinguirse un poco.
“Los periodistas, casi todos homosexuales -escribe León-, se fijaban en los arqueólogos, que en esta época eran todos transexuales y que a su vez no despegaban su vista de los artistas, y los artistas observaban a las abogadas-economistas para ver quién era la pareja de C, y bueno, las abogadas-economistas babeaban por él”. De hecho, competían por llevárselo a sus lofts.
Mientras el hétero declara públicamente que “pintar es afirmar la heterosexualidad, una opción añeja, lo sé, anticuada, si se quiere, como la vida misma”, en “Un artista hétero”, el chiste funciona. Y no funciona siempre, porque León está más que dispuesto a irritarnos un poco, aunque no todas las veces lo consiga.
La mezcla-León en este caso -esa mezcla fuertona que siempre incluye de algún modo a una madre o a su madre- avanza desde la portada muy chic hasta narraciones donde el tiempo se bifurca: “Al salir de la tienda ocurrió algo extraño, como de cuento: el paisaje había extraviado y ya no era la ciudad en la que se habían extraviado, sino otra, más específicamente su ciudad de origen, antes de partir de vacaciones”.
UN IMBÉCIL LEYENDO A NIETZSCHE
Gonzalo León
Libros La Calabaza del Diablo
Santiago, Chile, 2009
108 páginas
“UN IMBÉCIL LEYENDO a Nietzsche” se lee como se leen los libros de Gonzalo León: sabiendo que el tipo nos hará saltar más de una vez del asiento, y los motivos serán de lo más variados: por su falta de pretensiones literarias al uso -jamás quiere escribir “bien”-; por su manera de seguir a Bukowski sin dejarse notar por Bukowski; o por su modo de ir calibrando una bomba a punto de estallar, al final de este conjunto de relatos.
Empieza, León, por la madre, o por su madre, cómo saberlo, y allí hay una declaración generacional, una serie de asuntos pendientes mezclados con el amor, elemental Watson, a la madre, casi un ejercicio de escritura convencional, al lado de lo que vendrá después.
Donde habrá que reírse es en “Un artista hétero”: el tal artista vive en un mundo donde lo gay y lo lesbiano es la norma. Él se impone como el que habla desde su diferencia, desde su heterosexualidad. Le toman el pelo con esto de etéreo y hétero, lo discriminan. “Para los demás, más que pintor era un artista, debido a su inconsistencia”. Fuera del circuito habitual de los expositores de temporada, C era un anticuado que además pintaba a mano (mientras todo el mundo exponía proyectando sus instalaciones audiovisuales sobre los muros). Según los curadores, C habla desde lenguajes en extinción. Cosa que es extinguirse un poco.
“Los periodistas, casi todos homosexuales -escribe León-, se fijaban en los arqueólogos, que en esta época eran todos transexuales y que a su vez no despegaban su vista de los artistas, y los artistas observaban a las abogadas-economistas para ver quién era la pareja de C, y bueno, las abogadas-economistas babeaban por él”. De hecho, competían por llevárselo a sus lofts.
Mientras el hétero declara públicamente que “pintar es afirmar la heterosexualidad, una opción añeja, lo sé, anticuada, si se quiere, como la vida misma”, en “Un artista hétero”, el chiste funciona. Y no funciona siempre, porque León está más que dispuesto a irritarnos un poco, aunque no todas las veces lo consiga.
La mezcla-León en este caso -esa mezcla fuertona que siempre incluye de algún modo a una madre o a su madre- avanza desde la portada muy chic hasta narraciones donde el tiempo se bifurca: “Al salir de la tienda ocurrió algo extraño, como de cuento: el paisaje había extraviado y ya no era la ciudad en la que se habían extraviado, sino otra, más específicamente su ciudad de origen, antes de partir de vacaciones”.
UN IMBÉCIL LEYENDO A NIETZSCHE
Gonzalo León
Libros La Calabaza del Diablo
Santiago, Chile, 2009
108 páginas
Suscribirse a:
Entradas (Atom)